Los Días Negros

No era mentira el túnel con orejas de liebre

ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.

Olga Orozco

Miró el reloj y faltaban cinco minutos para las nueve.

Aparecieron en viñetas de una historieta, una joven de veintidós años y un hombre de unos cincuenta y ocho tomados de la mano. Huían de la ola de asaltos y violencia. Cruzaron la calle hacia un edificio sencillo pero seguro del Barrio de Saavedra. Una cámara ojos hizo un plano detalle de la trenza negra de la joven cayendo sobre la espalda y se volvió, más allá del puente que separa a Buenos Aires del resto, para hacer un zoom sobre los fuegos que cortaban las carreteras, otro día más.

Rápidamente instalan las oficinas del Hombre en el sexto piso, y retoman el trabajo los mismos que le hicieron saber de la seguridad del edificio pero sin revelar el misterio. En un constante bullicio entran y salen, tanto en las horas del sol como en las horas del neón, iluminados por haces de luz y sombra que penetran por las persianas entrecerradas desde la Avenida Cabildo.

Esa actividad la aburre y la joven decide explorar el edificio y conocer sus nuevos vecinos. Uno de ellos la va atrayendo con el imán de lo que ha escrito durante años y ha mantenido en cajones bajo llave. Con el propietario del último piso comparte todas sus charlas, y las lecturas que reflejan su yo verdadero.

Nuevamente sola se pregunta si debiera comentárselo al Hombre, si fuese escritor debería conocerlo, pero prefiere el silencio a arriesgarse a ser interrogada. Nunca lo ha visto salir pero sí permanecer horas en el hall de entrada con los ojos clavados en la calle. ¿Quién le hace los trámites de su abultada cuenta bancaria? Papeles que también guarda bajo llave.

Comienza los preparativos para casarse con el Hombre siempre ocupado, una noche que él debe asistir a una reunión en la Quinta Presidencial de Olivos, cerca de ahí, sube y toca el timbre. La estaba esperando, con los ojos la conduce a la cama dónde traspiran las horas del éxtasis. En la ferocidad desconocida ve la pantera negra que se ha convertido y quedan largo rato mirándose. Tranquilamente regresa a su departamento.

Esa noche vigila el edificio como lo ha hecho todas las noches en los días negros.

Pasan algunos días y vuelve al último piso, abre la puerta sin llave y descansando en el sillón de terciopelo negro como la piel que la envuelve descansa mansa la fiera, se acerca para sentarse a su lado e inesperadamente la ataca. Corre hacia la puerta y percibe la garra rozándole el hombro. Aparece la portera que la conduce por las escaleras hacia una puerta secreta, mientras esperan a que el peligro se aleje, desde otras puertas se siente observada por miradas de perros que en la oscuridad no alcanza a distinguir. Esos seres extraños, le explica, son mendigos que él alberga en su piso. Desde una pequeña ventana miran la terraza y ahí está ella, bella y brillando negro sobre las baldosas rojas. Entonces recién ahora se atreve a preguntar: ¿por qué no la ataca a ella?; desde la cabeza enrulada de la blonda mujer se dibuja un globo y la joven va leyendo la respuesta:”nadie ataca al que le da de comer”.

En el atardecer del frío invierno escuchan a los niños que salen del colegio cantando Aurora, el purpurado cielo se mezcla con el ruido de las cacerolas que se preparan para enfrentar la hambruna. Montaje encadenado de águila guerrera, punta de flecha, colores, cielo, mar, levantan vuelo triunfal.

No se iría; a pesar de todo ahí estaba segura, en ese lugar tendría que encontrar una actividad en la que enriquecer las horas del ocio. Mientras, las computadoras del sexto piso seguían recibiendo información de todo el mundo y trasmitiendo las noticias locales con la pantera sobre su cabeza.

Abre los ojos y vuelve a mirara el reloj, ya son las nueve del 20 de junio del 2001, se vestiría e iría al acto del día de la bandera y una vez más, cantaría Aurora.

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